Aquella mañana pensé que sería como cualquiera en el puerto: un poco de viento, olor a sal, motores arrancando y el café aún demasiado caliente. Yo estaba revisando unas amarras cuando escuché por la radio que una embarcación había tenido problemas al entrar en el puerto, allí mismo, en el mar Balear, a pocos metros de la bocana.
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—Un yate de recreo, parece que ha encallado —dijeron.
Levanté la vista y lo vi: un yate de lujo, blanco y brillante, parado en un lugar donde no debería estar. No había gritos, ni humo, ni escenas de pánico. Sólo una embarcación elegante, inmóvil, rodeada de varias lanchas de apoyo.
Al poco tiempo, el equipo de Salvamento Marítimo y la Autoridad Portuaria llegó al lugar. Confirmaron lo que todos queríamos oír: nadie estaba herido, el casco parecía estable y no había rastro de combustible en el agua. Aun así, la embarcación debía ser revisada, y con paciencia y algo de maniobra, los remolcadores comenzaron a ayudarla a acercarse lentamente al muelle.
Yo estaba cerca cuando el yate, por fin, quedó amarrado. Lo primero que me llamó la atención no fue la marca del barco, ni el aspecto de sus pasajeros, sino un olor distinto, algo que no encajaba del todo con el ambiente del puerto. No era sal, ni gasoil, ni redes húmedas. Era… dulce.
Al principio era apenas un matiz en el aire, una nota suave. Pero a medida que abrían compartimentos y se levantaban tapas, el olor se hacía más intenso, más claro.
—¿Hueles eso? —me preguntó un compañero.
Asentí sin decir nada. En unos minutos, el muelle empezó a oler a floristería.
La explicación llegó cuando los responsables abrieron el compartimento de carga. En lugar de cajas con repuestos, herramientas o provisiones, había filas de cajas cuidadosamente apiladas, llenas de flores frescas. Rosas de varios colores, hortensias de cabezas enormes, ramos de lavanda, peonías abiertas casi al máximo, y otras variedades que yo ni siquiera sabía nombrar.
El aroma era tan intenso y agradable que parecía llenar cada rincón del barco. El interior del yate, en plena costa española del mar Balear, se había convertido en una especie de jardín flotante.
Mientras los técnicos revisaban la documentación, nosotros nos acercábamos lo justo para ayudar, pero también para respirar ese aire diferente. Fue entonces cuando supimos el motivo de aquel cargamento tan especial: las flores tenían como destino un pequeño café en Francia.
No se trataba de un negocio secreto ni de una operación extraña. Era, simplemente, un pedido urgente. El café había encargado esa partida de flores para decorar su terraza y el interior del local, y también para utilizar algunos pétalos en platos y postres. El tiempo era importante: algunas variedades no resistían bien los trayectos largos por carretera, y los responsables habían decidido apostar por un transporte rápido en yate privado a través del mar Balear.
Los especialistas comentaban que no era lo más habitual, usar una embarcación de recreo de este tipo para llevar flores, pero toda la documentación estaba en orden. La carga cumplía las normas sanitarias, el plan de viaje estaba registrado y, salvo el pequeño incidente al entrar en el puerto, todo parecía bien planteado.
Poco a poco, con calma, comenzaron a trasladar las cajas a un camión refrigerado. El aire frío que salía del interior de la cabina mezclaba el olor de las flores con la brisa del puerto. Algunas cajas mostraban pequeños signos del viaje: pétalos caídos, hojas un poco mustias. Pero la mayoría de los ramos seguía en perfecto estado.
—Llegarán bien —dijo uno de los técnicos mientras ayudaba a cargar las últimas cajas—. Sólo tendrán unas horas de retraso.
Yo me quedé mirando cómo el camión se alejaba, dejando detrás una estela ligera de perfume. El yate, ya vacío, parecía de repente un poco menos lujoso, un poco más normal. Sin la carga, era sólo un barco más esperando revisión.
Esa tarde, cuando terminé mi turno, todavía se notaba un poco el aroma en el muelle. No era tan intenso, pero seguía ahí, mezclado con el olor de siempre.
Pensé en el café francés que recibiría esas flores: las colocarán en jarrones, en la barra, en las mesas de la terraza. Nadie allí sabrá que, antes de llegar a sus manos, esos ramos perfumaron un yate encallado en el mar Balear y un pequeño puerto español, cambiando por unas horas el olor habitual de nuestro día a día.
A veces, las historias en el puerto no tienen grandes dramas ni misterios. A veces, son tan simples como un barco que se equivoca unos metros de ruta y una carga de flores que, aun así, consigue continuar su viaje.
